Sin rumbo

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IX

Una vez tuvo un antojo, un refinamiento de estragado: verla desnuda en sus brazos, dormir con ella:

—Ño Regino —dijo al viejo—, necesito que usted me haga un servicio.

—Mande, patrón.

—He comprado afuera una punta de vacas, previa vista, y quiero que usted me las revise antes de cerrar el trato.

—Galopiaré, patrón.

—¿Cuándo se va?

—Esta tarde mesmo puedo ensillar, si le parece. Le pegaré con la fresca.

—¿Y Donata?

—¿Donata, dice? Se quedará no más, pues…

—¿Sola?

—¡Oh, y si no, quién se la va a comer en las casas! Ahí también le dejo al pioncito pa' un apuro.

—¿Qué, no tiene miedo de dejarla sola con el peoncito?

—¿Miedo? ¿Y de qué voy a tener miedo?

—Es que el muchacho ese es medio hombrecito ya, y usted sabe que el diablo las carga.


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