Sin rumbo

Sin rumbo

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—¿La virgen? Hombre no me parece mala la idea… Quiere decir que si le prendieras dos, te vendería su protección por partida doble… A no ser que tu virgen sea una virgen tramposa, capaz de robarte la plata. Voy a ponerle otra más.

Y diciendo y haciendo, pasó a la pieza contigua, encendió un fósforo y volvió poco después acercando repentinamente al rostro de Donata la vela que traía en la mano.

—¡Apague eso don Andrés, basta con una! —exclamó ella llena de vergüenza, tapándose hasta la cabeza y dando vuelta hacia el lado de la pared, mientras un ligero temblor, una emoción, alteraba el timbre puro y cristalino de su voz:

—¡No señor, han de ser dos!

Luz era lo que quería.

Luego, desde una silla, desnudándose:

—¿A qué hora se fue tu padre?

—A la oración.

—¿Y se habrá ido de veras che? —siguió en tono de broma, haciéndose el que no las tenía todas consigo—. ¡No sea el diablo que se nos aparezca de pronto!

—¡Solamente (Dios lo libre y lo guarde) muerto lo traerían! Tratándose de servir a su patrón chico ¡cuándo sabe andar con mañas el viejo!…


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