Sin rumbo
Sin rumbo Al oÃrla, algo como la sombra de un remordimiento cruzó la mente de Andrés, un instante inmóvil y pensativo.
Pero alzándose luego de hombros, con un gesto de forzada indiferencia, como queriendo sacudir pensamientos enojosos:
—Hazme lugar —dijo a Donata, y bruscamente se metió en la cama.
Miró el reloj, eran las once y media:
—Mi hijita yo nunca duermo con luz. Creo que tu virgen puede darse ya por satisfecha. Con tu permiso, voy a apagar las dos velas esas que me están cargando.
A oscuras, quiso dormir; imposible.
Las sábanas, unas sábanas de hilo grueso y duro, impresionaban desagradablemente su piel habituada a la batista.
La atmósfera encerrada de la pieza, el aroma capitoso de las flores, alterado por un hedor penetrante a pavesa, lo mareaba, le sublevaba en ansias el estómago.
Repentinos tufos de calor le abrazaban la cara, la cabeza. La vecindad de Donata, sus carnes frescas Y mojadas de sudor, ya un brazo, el seno, una pierna, el pie que Andrés, en su desasosiego constante alcanzaba a rozarle por acaso, bruscamente lo hacÃan apartarse de ella como erizado al contacto de un bicho asqueroso y repugnante.