Sin rumbo

Sin rumbo

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Los cuatro de a caballo sacaban de entre la hacienda, recostada contra la palizada del corral, otros tantos terneros enlazados.

Los de a pie, echando verija, los pialaban y, cuando del cimbronazo no alcanzaban a darlos contra el suelo, prendidos de la cola los volteaban a tirones.

Una vez caídos y maneados, el mayordomo marcaba.

Al asentar el fierro, un humo negro y denso se desprendía, el cuero chirriaba, el animal bramaba de dolor.

A los más grandes un viejo los castraba; y había de ser viejo, sus años garantían la operación.

El calor, el encierro, los golpes que llevaban, la vecindad de los hombres, el tumulto, provocaban el enojo de algún toro o de alguna vaca vieja que, solos se cortaban del montón, agachaban la cabeza, olfateaban la tierra, la escarbaban, sacudían las astas y atropellaban bufando.

El corral se transformaba entonces en una plaza; el trabajo se convertía en una lidia.

Al grito de «¡Guarda!», los peones azorados daban vuelta, cuerpeaban al animal, corrían, gambeteaban. Muy apurados, ganaban los postes o se echaban de barriga, chuleándolo por fin en medio de una algazara salvaje, infernal, así que lograban salvar el bulto.

Un toro hosco, morrudo y bien armado, se mostraba, sobre todos, emperrado, recalcitrante.


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