Sin rumbo

Sin rumbo

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A medida que iba amaneciendo, se oía a la distancia los alaridos de la gente. La hacienda, hilada, disparaba, semejante entre las sombras mal disipadas aún, a una bandada de enormes cuervos volando a ras del suelo.

El campo estremecido temblaba sordamente, como tronando lejos.

A eso de las seis, los animales paraban en el rodeo. Algunos caminaban, iban y venían; las madres mugían en busca de sus hijos; los extraviados de las mismas puntas se juntaban; los más pesados se habían echado.

Sobre la extensa faja multicolor que dibujaban, solía alzarse la maciza corpulencia de algún toro trabajando, mientras de trecho en trecho, los peones escalonados, inmóviles, parecían como los postes de un corral.

El señuelo, cincuenta colorados con un madrino negro de cencerro, pastaba a pocas cuadras:

—Puede ir principiando, Villalba —mandó Andrés que en ese momento llegaba de galope.

El mayordomo, a su voz, haciendo cordón seguido de la peonada, atropelló, bruscamente cortó una punta del rodeo y, con la ayuda del señuelo, entre todos la arrearon al corral.

Cuatro hombres entraron a caballo y ocho a pie, cerrando éstos la tranquera junto a la que varias marcas se enrojecían al calor de una enorme fogata de osamentas.

Pronto todo ya, se dio comienzo al trabajo.


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