Sin rumbo

Sin rumbo

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—¿Y usted, don Contreras, no es que andaba medio mal con el patrón?

—Qué le hemos de hacer al dolor, amigo, los hombres pobres necesitamos de los ricos.

Era el chino de la esquila; se había presentado a Andrés en la tarde del día anterior.

—Sé que está con miras de herrar patrón, y vengo a que me dé trabajo.

—No has de andar con buenas intenciones tú —se dijo aquél fijándolo con desconfianza; luego—: ¡tengo completo el personal! —secamente le contestó.

—El mayordomo —insistió el otro—, me había informado de que faltaba un peón de a caballo…

—Bueno, amigo, vaya y desensille; mañana trabajará —repuso Andrés, cambiando repentinamente de resolución, sólo a la idea de que el chino pudiera llegar a figurarse que él le había tenido miedo.

Por una de las ventanas de la capilla, como, entre ellos, llamaban los peones de la estancia al Pabellón de Andrés, acababa de verse luz.

Villalba, el mayordomo, llegó a la puerta de la cocina:

—¡Vaya, pues; ya está despierto el patrón, a ver si suben a caballo y salen de una vez! —dijo dirigiéndose a los peones, los que pocos minutos después se perdían en rumbos diferentes.


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