Sin rumbo
Sin rumbo Era de noche aún.
Una de esas noches de abril diáfanas y serenas, en que el cielo alumbra acribillado de estrellas como si el globo de la luna, hecho pedazos, se hubiese desparramado por las tinieblas.
De vez en cuando, se oía el ruido de las tropillas, el cencerro de las yeguas maneadas junto al corral.
Atados al palenque, los caballos ensillados relinchaban.
Los peones, en la cocina, alrededor del fogón, tomaban mate, en cuclillas unos, otros cruzados de piernas, los demás sentados sobre un tronco de sauce, sobre una cabeza de vaca.
Hablaban de sus cosas, de sus prendas, de sus caballos perdidos cuyas marcas pintaban en el suelo con la punta del cuchillo, de alguien que andaba a monte «juyendo» de la justicia por haberse desgraciado, bastante bebido el pobre, matando a otro en una jugada grande.
No faltaba alguno entre ellos, medio morado para el rumbo en una noche oscura o muy enteramente hacienda para un pial de volcado o para abrir las piernas en toda la furia, que costeara la risa y la diversión de los otros.
Ya iba siendo hora; se alcanzaba a ver el lucero.
Y la conversación recayó sobre los trabajos de ese día: la capa, la yerra.
A los díceres, algunos forasteros habían caído:
