El extranjero

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El Presidente dijo que iba a proceder al llamado de los testigos. El ujier leyó unos nombres que me atrajeron la atención. Del seno del público, informe un momento antes, vi levantarse uno por uno, para desaparecer en seguida por una puerta lateral, al director y al portero del asilo, al viejo Tomás Pérez, a Raimundo, a Masson, a Salamano y a María. Esta me hizo una ligera seña ansiosa. Estaba asombrado aún de no haberlos visto antes, cuando al llamado de su nombre se levantó el último: Celeste. Reconocí a su lado a la mujercita del restaurante con la chaqueta y el aire preciso y decidido. Me miraba con intensidad. Pero no tuve tiempo de reflexionar porque el Presidente tomó la palabra. Dijo que iba a comenzar la verdadera audiencia y que creía inútil recomendar al público que conservara la calma. Según él, estaba allí para dirigir con imparcialidad la audiencia de un asunto que quería considerar con objetividad. La sentencia dictada por el Jurado sería adoptada con espíritu de justicia y, en cualquier caso, haría desalojar la sala al menor incidente.

El calor aumentaba. En la sala los asistentes se abanicaban con los periódicos, lo que producía un leve ruido continuo de papel arrugado. El Presidente hizo una señal y el ujier trajo tres abanicos de paja trenzada que los tres jueces utilizaron inmediatamente.


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