El extranjero
El extranjero Después de cinco minutos de suspensión durante los cuales el abogado me dijo que todo iba bien, se oyó que la defensa citaba a Celeste. La defensa era yo. Celeste echaba miradas hacia mi lado de cuando en cuando y daba vueltas a un panamá entre las manos. Llevaba el traje nuevo que se ponÃa para ir conmigo algunos domingos a las carreras de caballos. Pero creo que no habÃa podido ponerse el cuello porque llevaba solamente un botón de cobre para mantener cerrada la camisa. Le preguntaron si yo era cliente suyo, y dijo: «SÃ, pero también era un amigo»; lo que pensaba de mÃ, y respondió que yo era un hombre; qué entendÃa por eso, y declaró que todo el mundo sabÃa lo que eso querÃa decir; si habÃa notado que era reservado y se limitó a reconocer que yo no hablaba para decir nada. El Abogado General le preguntó si yo pagaba regularmente la pensión. Celeste se rió y declaró: «Esos eran detalles entre nosotros.» Le preguntaron otra vez qué pensaba de mi crimen. Apoyó entonces las manos en la barra y se veÃa que habÃa preparado alguna respuesta. Dijo: «Para mÃ, es una desgracia. Todo el mundo sabe lo que es una desgracia. Lo deja a uno sin defensa. Y bien: para mà es una desgracia.» Iba a continuar, pero el Presidente le dijo que estaba bien y que se le agradecÃa. Entonces Celeste quedó un poco perplejo. Pero declaró que querÃa decir algo más. Se le pidió que fuese breve. Repitió aún que era una desgracia. Y el Presidente dijo: «SÃ, de acuerdo. Pero estamos aquà para juzgar desgracias de este género. Muchas gracias.» Como si hubiese llegado al colmo de su sabidurÃa y de su buena voluntad, Celeste se volvió entonces hacia mÃ. Me pareció que le brillaban los ojos y le temblaban los labios. ParecÃa preguntarme qué más podÃa hacer. Yo no dije nada, no hice gesto alguno, pero es la primera vez en mi vida que sentà deseos de besar a un hombre. El Presidente le ordenó otra vez que abandonara la barra. Celeste fue a sentarse en el escaño. Durante todo el resto de la audiencia quedó allÃ, un poco inclinado hacia adelante, con los codos en las rodillas, el panamá sobre las manos, oyendo todo lo que se decÃa.