El extranjero
El extranjero María entró. Se había puesto sombrero y todavía estaba hermosa. Pero me gustaba más con la cabeza descubierta. Desde el lugar en que estaba adivinaba el ligero peso de sus senos y reconocía el labio inferior siempre un poco abultado. Parecía muy nerviosa. Le preguntaron en seguida desde cuándo me conocía. Indicó la época en que trabajaba con nosotros. El Presidente quiso saber cuáles eran sus relaciones conmigo. Dijo que era mi amiga. A otra pregunta, contestó que era cierto que debía casarse conmigo. El Procurador, que hojeaba un expediente, le preguntó con tono brusco cuándo comenzó nuestra unión. Ella indicó la fecha. El Procurador señaló con aire indiferente que le parecía que era el día siguiente al de la muerte de mamá. Luego dijo con ironía que no querría insistir sobre una situación delicada; que comprendía muy bien los escrúpulos de María, pero (y aquí su acento se volvió más duro) que su deber le ordenaba pasar por encima de las conveniencias. Pidió pues a María que resumiera el día en el que yo la había conocido. María no quería hablar, pero ante la insistencia del Procurador recordó el baño, la ida al cine y el regreso a mi casa. El Abogado General dijo que después de las declaraciones de María en el sumario de instrucción había consultado los programas de esa fecha. Agregó que la propia María diría qué película pasaban entonces. Con voz casi inaudible María indicó que en efecto era una película de Fernandel. Cuando concluyó, el silencio era completo en la sala. El Procurador se levantó entonces muy gravemente y con voz que me pareció verdaderamente conmovida, el dedo tendido hacia mí, articuló lentamente: «Señores jurados: al día siguiente de la muerte de su madre este hombre tomaba baños, comenzaba una unión irregular e iba a reír con una película cómica. No tengo nada más que decir.» Volvió a sentarse, siempre en medio del silencio. Pero de golpe María estalló en sollozos; dijo que no era así, que había otra cosa, que la forzaban a decir lo contrario de lo que pensaba, que me conocía bien y que no había hecho nada malo. Pero el ujier, a una señal del Presidente, la llevó y la audiencia prosiguió.