El hombre rebelde

El hombre rebelde

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El individualismo alcanza así una cima. Es negación de cuanto niega al individuo y glorificación de todo lo que lo exalta y lo sirve. ¿Qué es el bien, según Stirner? «Aquello que puedo utilizar». ¿A qué estoy legítimamente autorizado? «A todo aquello de que soy capaz». La rebeldía desemboca de nuevo en la justificación del crimen. Stirner no sólo ha intentado esta justificación (en este aspecto, su descendencia directa se halla en las formas terroristas de la anarquía), sino que se ha embriagado visiblemente con las perspectivas que abría así. «Romper con lo sagrado, o más bien romper lo sagrado, puede convertirse en generalización. No es una nueva revolución lo que se acerca, pero, potente, orgulloso, sin respeto, sin vergüenza, sin conciencia, ¿no se refuerza un crimen con el trueno en el horizonte y no ves que el cielo, cargado de presentimientos, se oscurece y calla?». Se nota aquí la tenebrosa alegría de quienes hacen nacer apocalipsis en un tugurio. Nada puede frenar ya esta lógica amarga e imperiosa, nada salvo un yo alzado contra todas las abstracciones, vuelto abstracto él mismo e innombrable a fuerza de ser secuestrado y cortado de sus raíces. Ya no hay más crímenes ni faltas, ni, por tanto, pecadores. Somos todos perfectos. Puesto que cada yo es, en sí mismo, fundamentalmente criminal con el Estado y el pueblo, sepamos reconocer que vivir es transgredir. A menos de admitir matar, para ser único. «Usted no es tan grande como un criminal, usted que no profana nada». Timorato aún, Stirner precisa además: «Matarlos, no martirizarlos».


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