El hombre rebelde
El hombre rebelde Pero decretar la legitimidad del crimen es decretar la movilización y la guerra de los Únicos. El crimen coincidirá así con una especie de suicidio general. Stirner, que no lo confiesa o no lo ve en absoluto, no retrocederá sin embargo ante ninguna destrucción. El espíritu de rebeldía halla por fin una de sus más amargas satisfacciones en el caos. «Ellos te (a la nación alemana) sepultarán. Pronto tus hermanas, las naciones, te seguirán; cuando todas hayan partido detrás de ti, la humanidad estará enterrada, y sobre su tumba, Yo, mi solo dueño al fin. Yo, su heredero, yo reiré». Así, sobre las ruinas del mundo, la risa desolada del individuo-rey ilustra la victoria final del espíritu de rebeldía. Pero en este extremo, nada es ya posible sino la muerte o la resurrección. Stirner y, con él, todos los rebeldes nihilistas corren a los confines, ebrios de destrucción. Tras lo cual, descubierto el desierto, hay que aprender a subsistir en él. Empieza la búsqueda extenuadora de Nietzsche.