El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Por medio de este rodeo, en efecto, acaba introduciéndose la divinidad del hombre. El hombre en rebeldía, que, al principio, niega a Dios, intenta sustituirlo luego. Pero el mensaje de Nietzsche es que el hombre en rebeldía no se hace Dios sino renunciando a toda rebeldía, incluso a la que produce a los dioses para enmendar este mundo. «Si hay un Dios, ¿cómo soportar no serlo?». Hay un Dios, en efecto, que es el mundo. Para participar de su divinidad, basta con decir sí. «No rezar ya, bendecir», y la tierra se cubrirá de hombres dioses. Decir sí al mundo, repetirlo, es a un tiempo recrear el mundo y a sí mismo, es llegar a ser el gran artista, el creador. El mensaje de Nietzsche se resume en la palabra creación, con el sentido ambiguo que ha tomado. Nietzsche nunca ha exaltado más que el egoísmo y la dureza propios de todo creador. La transmutación de los valores consiste tan sólo en sustituir el valor del juez por el del creador. Dionisos, dios de la tierra, aúlla eternamente en el desmembramiento. Pero representa al mismo tiempo esa belleza trastornada que coincide con el dolor. Nietzsche pensó que decir sí a la tierra y a Dionisos era decir sí a sus padecimientos. Aceptarlo todo, la suprema contradicción y el dolor al mismo tiempo, era reinar sobre todo. Nietzsche aceptaba pagar el coste por este reino. Sólo la tierra, «grave y doliente», es verdadera. Sólo ella es la divinidad. Igual que aquel Empédocles que se arrojó al Etna para ir en busca de la verdad donde estaba, en las entrañas de la tierra, Nietzsche proponía al hombre que se abismara en el cosmos para encontrar su divinidad eterna y convertirse a su vez en Dionisos. La voluntad de poder termina así, como los Pensamientos de Pascal, que tan a menudo recuerda, con una apuesta. El hombre no obtiene aún la certeza, sino la voluntad de certeza, lo cual no es lo mismo. Nietzsche, también, llegado a ese extremo, vacilaba: «Eso es lo imperdonable en ti. Tienes los poderes y te niegas a firmar». Sin embargo, tenía que firmar. Pero el nombre de Dionisos sólo ha inmortalizado los billetes a Ariadna, que escribió estando loco.


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