El hombre rebelde
El hombre rebelde En cierto sentido, la rebeldía, en Nietzsche, conduce también a la exaltación del mal. La diferencia está en que, entonces, el mal ya no es un desquite. Se acepta como una de las caras posibles del bien y, más ciertamente aún, como una fatalidad. Se lo acepta, pues, para ser superado, y, por decirlo así, como un remedio. En la mente de Nietzsche, se trataba únicamente del consentimiento orgulloso del alma ante lo que no podía evitar. Se conoce, no obstante, su posteridad y qué política debía prevalerse de aquel que se decía el último alemán antipolítico. Imaginaba a tiranos artistas. Pero la tiranía es más natural que el arte para los mediocres. «Antes César Borgia que Parsifal», exclamaba. Tuvo a César y a Borgia, pero desprovistos de la aristocracia del corazón que atribuía a los grandes individuos del Renacimiento. Cuando él pedía que el individuo se inclinara ante la eternidad de la especie y se sumergiera en el gran ciclo del tiempo, se ha hecho de la raza un caso particular de la especie y se ha doblegado al individuo delante de este dios sórdido. La vida de la que hablaba con temor y temblando ha sido degradada a una biología para uso doméstico. Una raza de señores incultos balbuceando la voluntad de poder ha asumido al fin la «deformidad antisemita» a la que Nietzsche no cesó de despreciar.