El hombre rebelde
El hombre rebelde Del mismo modo, el nihilismo absoluto, aquel que admite legitimar el suicidio, corre más fácilmente aún al crimen lógico. Si le es fácil admitir a nuestro tiempo que el crimen tiene sus justificaciones, es debido a esa indiferencia ante la vida que es la característica del nihilismo. Seguro que ha habido épocas en las que la pasión por la vida era tan fuerte que estallaba también en excesos criminales. Pero estos excesos eran como la quemadura de un goce terrible. No eran ese orden monótono, instaurado por una lógica indigente a cuyos ojos todo se iguala. Esta lógica ha impulsado los valores del suicidio que nutren nuestro tiempo hasta su máxima consecuencia, consistente en el crimen legitimado. Por ello, culmina en el suicidio colectivo. La demostración más patente la dio el apocalipsis hitleriano de 1945. Destruirse no era nada para unos locos que se preparaban en sus guaridas una muerte apoteósica. Lo esencial era no destruirse solos y arrastrar a todo un mundo consigo. En cierta manera, el hombre que se mata en la soledad preserva todavía un valor, ya que, visiblemente, no se reconoce derecho alguno sobre la vida de los otros. Prueba de ello es que nunca se sirve de la fuerza terrible y la libertad que le da su decisión de morir para dominar a los demás; todo suicidio solitario, cuando no es por resentimiento, es, en algún modo, generoso o despectivo. Pero se desprecia en nombre de algo. Si el mundo se muestra indiferente al suicida, es porque éste tiene una idea de lo que no le es o podría no serle indiferente. Se cree destruirlo todo y llevárselo todo consigo, pero de esta muerte misma renace un valor que, tal vez, hubiese merecido que se viviera. La negación absoluta no se agota, por tanto, con el suicidio. Sólo puede agotarse con la destrucción absoluta, de sí mismo y de los otros. No puede vivírsela si no es, al menos, tendiendo hacia este límite deleitoso. Suicidio y crimen son aquí dos caras de un mismo orden, el de una inteligencia desdichada que prefiere al sufrimiento de una condición limitada la negra exaltación en que tierra y cielo se aniquilan.