El hombre rebelde

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De igual modo, si se niegan sus razones al suicidio, no es posible darle las suyas al crimen. No se es nihilista a medias. El razonamiento del absurdo no puede, a la vez, preservar la vida del que habla y aceptar el sacrificio de los demás. A partir del momento en que se reconoce la imposibilidad de la negación absoluta, y es reconocerla vivir en cierto modo, lo primero que no se puede negar es la vida ajena. Así, la misma noción que nos permitía creer que el crimen era indiferente, le suprime después sus justificaciones; regresamos a la condición ilegítima de la que habíamos intentado salir. Prácticamente, tal razonamiento nos asegura a un mismo tiempo que se puede y que no se puede matar. Nos deja en la contradicción, sin nada que pueda impedir el crimen o legitimarlo, amenazadores y amenazados, arrastrados por toda una época enardecida de nihilismo, y en la soledad sin embargo, con las armas en la mano y un nudo en la garganta.

Pero esta contradicción esencial no puede dejar de presentarse acompañada de otras muchas a partir del momento en que uno pretende mantenerse en el absurdo, ignorando su verdadero carácter, que consiste en ser un paso vivido, un punto de partida, el equivalente, en la existencia, de la duda metódica de Descartes. El absurdo en sí mismo es contradicción.


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