El hombre rebelde
El hombre rebelde «Me presento para defender al hombre», dice Lautréamont sin simplicidad. ¿Maldoror es, pues, el ángel de la piedad? Lo es de cierta manera, apiadándose de sí mismo. ¿Por qué? Eso está por descubrir. Pero la piedad frustrada, ultrajada, inconfesable e inconfesada, lo llevará a singulares extremos. Maldoror, según sus propios términos, ha recibido la vida como una herida y ha prohibido al suicidio que cure la cicatriz (sic). Es, como Rimbaud, aquel que sufre y que se ha rebelado; pero, difiriendo misteriosamente el decir que se rebela contra lo que es, pone por delante la eterna coartada del insurrecto: el amor a los hombres.