El hombre rebelde
El hombre rebelde Simplemente, aquel que se presenta para defender al hombre escribe al mismo tiempo: «Muéstrame un hombre que sea bueno». Este movimiento perpetuo es el de la rebeldía nihilista. Se rebela uno contra la injusticia hecha a él mismo y al hombre. Pero en el instante de lucidez en que se advierte al mismo tiempo la legitimidad de esta rebeldía y su impotencia, la furia de negación se extiende entonces a eso mismo que se pretendía defender. No pudiendo reparar la injusticia con la edificación de la justicia, se prefiere al menos anegarla en una injusticia aún más general que se confunde al fin con el aniquilamiento. «El mal que me habéis hecho es demasiado grande, demasiado grande el mal que os he hecho para que sea voluntario». Para no odiarse a sí mismo, habría que declararse inocente, audacia siempre imposible para el hombre solo; su impedimento es que se conoce. Se puede declarar al menos que todos son inocentes, aunque tratados como culpables. Dios es entonces el criminal.