El hombre rebelde
El hombre rebelde Desde los románticos hasta Lautréamont no hay, pues, progresos reales, sino en el tono. Lautréamont resucita, una vez más, la figura del Dios de Abraham y la imagen del rebelde luciferino. Sitúa a Dios «en un trono formado con excrementos humanos y oro», donde preside «con un orgullo tonto, cubierto el cuerpo con una mortaja hecha de sábanas sin lavar, aquel que se titula a sí mismo Creador». El horrible Eterno «con rostro de víbora», «el astuto bandido» al que se ve «esparcir incendios en que perecen los ancianos y los niños» rueda, embriagado, por el arroyo, o busca en el burdel goces innobles. Dios no ha muerto, pero ha caído. Frente a la divinidad caída, Maldoror está pintado como un caballero convencional de capa negra. Es el Maldito. «Los ojos no deben ser testigos de la fealdad que el Ser supremo, con una sonrisa de odio intenso, ha puesto en mí». Ha renegado de todo, «padre, madre, Providencia, amor, ideal, para no pensar más que en sí mismo». Torturado por el orgullo, este héroe tiene toda la fascinación del dandi metafísico: «Figura más que humana, triste como el universo, bella como el suicidio». Asimismo, como el romántico en rebeldía, desesperando de la justicia divina, Maldoror tomará el partido del mal. Hacer sufrir y, haciéndolo, sufrir, tal es el programa. Los Cantos son verdaderas letanías del mal.