El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Todas las criaturas de los Cantos son anfibias, porque Maldoror rechaza la tierra y sus limitaciones. La flora está hecha de algas y de fucos. El castillo de Maldoror está sobre las aguas. Su patria es el viejo océano. El océano, símbolo doble, es a la vez el lugar de la aniquilación y de la reconciliación. Aplaca, a su manera, la poderosa sed de las almas condenadas al desprecio de sí mismas y de las otras, la sed de no ser ya. Los Cantos serían así nuestras Metamorfosis, en las que la sonrisa antigua es sustituida por la risa de una boca cortada con navaja, imagen de un humor frenético y agrio. Este bestiario no puede esconder todos los sentidos que han querido encontrársele, pero revela al menos una voluntad de aniquilamiento que halla su fuente en el corazón más negro de la rebeldía. El «embruteceos» pascaliano toma con él un sentido literal. Parece que Lautréamont no pudo soportar la claridad fría e implacable en la que hay que durar para vivir. «Mi subjetividad y un creador son demasiado para un cerebro». Optó entonces por reducir la vida, y su obra, por el nadar fulgurante de la sepia en medio de una nube de tinta. El hermoso pasaje en que Maldoror se acopla en alta mar con la hembra del tiburón «en una cópula larga, casta y repelente», el relato significativo, sobre todo, en que Maldoror transformado en pulpo asalta al Creador, son expresiones claras de una evasión fuera de las fronteras del ser y de un atentado convulso contra las leyes de la naturaleza.


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