El hombre rebelde
El hombre rebelde Para los que se ven arrojados de la patria armoniosa en que justicia y pasión se equilibran al fin, son preferibles aún a la soledad los reinos amargos en que las palabras ya no tienen sentido, en que reinan la fuerza y el instinto de criaturas ciegas. Este desafío es a un tiempo una mortificación. La lucha con el ángel del canto II termina con la derrota y la descomposición del ángel. Cielo y tierra son entonces vueltos y confundidos con los abismos líquidos de la vida primordial. Así el hombre tiburón de los Cantos «no había adquirido el nuevo cambio de las extremidades de sus brazos y sus piernas sino como castigo expiatorio de algún crimen ignorado». Hay, en efecto, un crimen, o la ilusión de un crimen (¿es la homosexualidad?), en esta vida mal conocida de Lautréamont. Ningún lector de los Cantos puede evitar la idea de que falta a este libro una Confesión de Stavroguin.