El hombre rebelde
El hombre rebelde A falta de confesión, hay que ver en las Poesías la intensificación de esa misteriosa voluntad de expiación. El movimiento propio de ciertas formas de rebeldía, que consiste, como veremos, en restablecer la razón al término de la aventura irracional, en reencontrar el orden a fuerza de desorden y en cargarse voluntariamente de cadenas más pesadas aún que aquellas de las que se ha querido liberar, está dibujado, en esta obra, con tal voluntad de simplificación y tal cinismo, que es forzoso que esta conversión tenga un sentido. A los Cantos que exaltaban el no absoluto sucede una teoría del sí absoluto, a la rebeldía implacable el conformismo sin matices. Eso, en la lucidez. La mejor explicación de los Cantos nos la dan, en efecto, las Poesías. «La desesperación nutrida con decisión voluntaria por estas fantasmagorías conduce imperturbablemente al literato a la abrogación en masa de las leyes divinas y sociales, y a la maldad teórica y práctica». Las Poesías denuncian asimismo «la culpabilidad de un escritor que rueda por las pendientes de la nada y se desprecia a sí mismo con gritos jubilosos». Pero a este mal no dan más remedio que el conformismo metafísico: «Ya que la poesía de la duda llega así a un punto tal de desesperación lúgubre y de maldad teórica, es que es radicalmente falsa; por la razón de que se discuten en ella los principios y de que no hay que discutirlos» (carta a Darassé). Estas bellas razones resumen, en definitiva, la moral del monaguillo y del manual de instrucción militar. Pero el conformismo puede ser furibundo, y por ello insólito. Cuando se ha exaltado la victoria del águila malhechora sobre el dragón de la esperanza, puede repetirse obstinadamente que ya no se canta más que la esperanza, puede escribirse: «Con mi voz y mi solemnidad de los grandes días, te recuerdo en mis hogares desiertos, gloriosas esperanzas», pero hay que convencer aún. Consolar a la humanidad, tratarla como hermano, volver a Confucio, Buda, Sócrates, Jesucristo, «moralistas que recorrían los pueblos muriendo de hambre» (lo cual es históricamente inseguro), son, una vez más, los proyectos de la desesperación. Así, en el corazón del vicio, la virtud, la vida ordenada, tienen un olor a nostalgia. Pues Lautréamont rechaza la oración y, para él, Cristo no es más que un moralista. Lo que propone, más bien lo que se propone, es el agnosticismo y el cumplimiento del deber. Un programa tan bello supone desgraciadamente el abandono, la dulzura de los atardeceres, un corazón sin amargura, una reflexión reposada. Lautréamont conmueve cuando escribe de pronto: «No conozco más gracia que la de haber nacido». Pero se le adivinan los dientes apretados cuando añade: «A una mente imparcial le parece completa». No hay mente imparcial ante la vida y la muerte. El hombre en rebeldía, con Lautréamont, huye al desierto. Pero este desierto del conformismo es tan lóbrego como un Harar. Lo esteriliza aún el amor a lo absoluto y el furor del aniquilamiento. Como Maldoror quería la rebeldía total, Lautréamont, por las mismas razones, decreta la trivialidad absoluta. El grito de la conciencia al que trataba de ahogar en el océano primitivo, de confundir con los aullidos de la bestia, que en otro momento intentaba distraer con la adoración por las matemáticas, quiere ahogarlo ahora con la aplicación de un triste conformismo. El hombre en rebeldía trata entonces de hacerse sordo a esa llamada hacia el ser que yace también en el fondo de su rebeldía. Se trata de no ser ya, sea rechazando ser cualquier cosa, sea aceptando ser cualquier cosa[14]. En ambos casos, se trata de una soñadora convención. La trivialidad es también una actitud.