El hombre rebelde

El hombre rebelde

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¿Abisinia era un convento? ¿Fue Cristo quien cerró la boca a Rimbaud? Ese Cristo sería, entonces, el que en nuestros días asoma en las ventanillas de los bancos, a juzgar por aquellas cartas en las que el poeta maldito no habla más que de su dinero que quiere ver «bien invertido» y que «rinda con regularidad[15]». Aquel que cantaba en medio de suplicios, que había injuriado a Dios y a la belleza, que se armaba contra la justicia y la esperanza, que se secaba gloriosamente bajo el aire del crimen, no quiere sino casarse con alguien que «tenga un porvenir». El mago, el visionario, el forzado intratable sobre el que se cierra siempre el penal, el hombre rey en la tierra sin dioses, lleva perpetuamente ocho kilos de oro en un cinturón que le cruza el vientre y al que acusa de producirle la disentería. ¿Es éste el héroe mítico que se propone a tantos jóvenes que no le escupen al mundo, pero morirían de vergüenza sólo de pensar en aquel cinturón? Para conservar el mito, hay que ignorar esas cartas decisivas. Se comprende que se hayan comentado tan poco. Son sacrílegas, como lo es a veces la verdad. Grande y admirable poeta, el más grande de su tiempo, oráculo fulgurante, éste es Rimbaud. Pero no es el hombre dios, el ejemplo huraño, el monje de la poesía que nos han querido presentar. El hombre no recobró su grandeza hasta aquella cama de hospital, en la hora del final difícil, en que hasta la mediocridad del corazón se vuelve conmovedora. «¡Qué desgraciado soy, qué desgraciado soy… y llevo dinero encima que no puedo siquiera vigilar!». El gran grito de esas horas miserables vuelve afortunadamente a Rimbaud a la común medida que coincide involuntariamente con la grandeza: «¡No, no! ¡Ahora me rebelo contra la muerte!». El joven Rimbaud resucita ante el abismo, y con él, la rebeldía de aquellos tiempos en que la imprecación contra la vida no era sino la desesperación de la muerte. Es entonces cuando el traficante burgués se junta con el adolescente desgarrado a quien tan entrañablemente hemos querido. Se le junta en el espanto y el dolor amargo en que se encuentran finalmente los hombres que no supieron reconocer la dicha. Sólo aquí empiezan su pasión y su verdad.


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