El hombre rebelde
El hombre rebelde Por lo demás, Harar estaba en efecto anunciado en la obra, pero bajo la forma de la dimisión última. «Lo mejor, un sueño muy ebrio, en la playa». La furia de la aniquilación, propia de todo rebelde, toma entonces la forma más común. El apocalipsis del crimen, tal como es representado por Rimbaud en el príncipe que mata incansablemente a sus súbditos, el largo desorden son temas de rebeldes que repetirán los surrealistas. Pero, finalmente, el agobio nihilista ha prevalecido; la lucha, el mismo crimen exasperan al alma agobiada. El visionario, que, si cabe decir, bebía para no olvidar, acaba encontrando en la embriaguez el sueño pesado que tanto conocen nuestros contemporáneos. Se duerme, en la playa, o en Adén. Y se asiente, ya no activa, sino pasivamente, al orden del mundo, aunque este orden sea degradante. El silencio de Rimbaud prepara también para el silencio del imperio que planea por encima de espíritus resignados a todo, excepto a la lucha. Esta gran alma súbitamente sometida al dinero anuncia otras exigencias, primero desmedidas, y luego que se pondrán al servicio de las policías. No ser nada, he aquí el grito del espíritu hastiado de sus propias rebeldías. Se trata entonces de un suicidio del espíritu menos respetable después de todo que el de los surrealistas y más preñado de consecuencias. El surrealismo, precisamente, al término de ese gran movimiento de rebeldía, no es significativo sino porque ha intentado continuar al único Rimbaud que merece ternura. Sacando de la carta sobre el visionario, y del método que supone, la regla de una ascesis rebelde, ilustra esta lucha entre la voluntad de ser y el deseo de aniquilamiento, el no y el sí, que hemos encontrado en todas las fases de la rebeldía. Por todas estas razones, antes que repetir los comentarios incesantes que envuelven la obra de Rimbaud, parece preferible encontrarlo y seguirlo en sus herederos.