El hombre rebelde

El hombre rebelde

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Una gran llamada hacia la vida ausente se arma con un rechazo total del mundo presente, como dice bastante soberbiamente Breton: «Incapaz de conformarme con la suerte que se me destina, alcanzado en mi conciencia más elevada por este reto de la justicia, me guardo de adaptar mi existencia a las condiciones irrisorias aquí abajo de toda existencia». El espíritu, según Breton, no puede hallar donde fijarse ni en la vida ni más allá. El surrealismo quiere responder a esta inquietud sin descanso. Es un «grito del espíritu que se vuelve contra sí mismo y está muy decidido a triturar estas cortapisas». Grita contra la muerte y «la duración irrisoria» de una condición precaria. El surrealismo se pone, pues, a las órdenes de la impaciencia. Vive en cierto estado de furor herido; a la vez que en el rigor y la intransigencia altiva, que suponen una moral. Desde sus orígenes, el surrealismo, evangelio del desorden, se ha visto en la obligación de crear un orden. Pero al principio no pensó más que en destruir, mediante la poesía primero en el plano de la imprecación, mediante martillos materiales después. El proceso del mundo real ha pasado a ser lógicamente el proceso de la creación.





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