El hombre rebelde
El hombre rebelde André Breton no cambió, en efecto, nunca en su reivindicación de lo superreal, fusión del sueño y la realidad, sublimación de la vieja contradicción entre lo ideal y lo real. Es conocida la solución surrealista: la irracionalidad concreta, el azar objetivo. La poesía es una conquista, y la única posible, del «punto supremo». «Cierto punto del espíritu desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro […] cesan de ser percibidos contradictoriamente». ¿Qué es, pues, este punto supremo que debe marcar «el aborto colosal» del sistema hegeliano? Es la búsqueda de la cumbre-abismo, familiar a los místicos. En verdad, se trata de un misticismo sin Dios que aplaca e ilustra la sed de absoluto del rebelde. El enemigo esencial del surrealismo es el racionalismo. El pensamiento de Breton ofrece además el curioso espectáculo de un pensamiento occidental en que el principio de analogía es favorecido incesantemente en detrimento de los principios de identidad y de contradicción. Precisamente, se trata de fundir las contradicciones bajo el fuego del deseo y del amor, y de hacer desplomarse los muros de la muerte. La magia, las civilizaciones primitivas o cándidas, la alquimia, la retórica de las flores de fuego o de las noches blancas, son otras tantas etapas maravillosas en el camino de la unidad y de la piedra filosofal. El surrealismo, si no ha cambiado el mundo, lo ha provisto de algunos mitos extraños que justifican en parte a Nietzsche cuando anunciaba el retorno de los griegos. En parte sólo, pues se trata de la Grecia de la sombra, la de los misterios y de los dioses negros. Finalmente, como la experiencia de Nietzsche se coronaba en la aceptación del mediodía, la del surrealismo culmina con la exaltación de la medianoche, el culto obstinado y angustiado de la tormenta. Breton, según sus propias palabras, comprendió que, a pesar de todo, la vida era dada. Pero su adhesión no podía ser la de la plena luz, que necesitamos. «Demasiado norte en mí —dice— para que sea el hombre de la plena adhesión».