El hombre rebelde

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Sin embargo, a menudo hizo disminuir contra sí mismo la parte de la negación y llevó a la luz la reivindicación positiva de la rebeldía. Optó por el rigor más que por el silencio, y retuvo tan sólo la «intimación moral» que, según Bataille, animaba el primer surrealismo: «Sustituir por una moral nueva la moral en curso, causa de todos nuestros males». Sin duda no triunfó, ni nadie hoy día, en esta tentativa de fundar la nueva moral. Pero nunca perdió la esperanza de poder hacerlo. Ante el horror de una época en que el hombre al que quería magnificar fue obstinadamente degradado en nombre mismo de algunos de los principios que había adoptado el surrealismo, Breton se sintió forzado a sugerir, provisionalmente, un retorno a la moral tradicional. Hubo, quizás, en ello una pausa. Pero fue la pausa del nihilismo y del verdadero progreso de la rebeldía. Al fin y al cabo, a falta de poder darse la moral y los valores de los que sintió claramente la necesidad, sabemos bastante bien que Breton eligió el amor. En la porquería de su tiempo, y esto no puede olvidarse, fue el único que habló profundamente del amor. El amor fue la moral extática que sirvió de patria a aquel exiliado. Es cierto que falta aún aquí una medida. Ni una política, ni una religión; puede que el surrealismo no fuera más que una imposible sabiduría. Pero fue la prueba misma de que no existe sabiduría cómoda: «Queremos, tendremos el más allá de nuestros días», exclamó admirablemente Breton. La noche espléndida en que se complace, mientras la razón, pasada a la acción, desencadena sus armas sobre el mundo, anuncia quizás, en efecto, esas auroras que no han lucido aún, y los madrugadores de René Char, poeta de nuestro renacimiento.


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