El hombre rebelde
El hombre rebelde La revuelta de Espartaco ilustra constantemente este principio de reivindicación. El ejército servil libera a los esclavos y les entrega inmediatamente como siervos suyos a sus antiguos amos. Según una tradición dudosa, es cierto, incluso habría organizado combates de gladiadores entre varios centenares de ciudadanos romanos e instalado en las graderías a los esclavos, delirantes de júbilo y excitación. Pero matar a hombres conduce tan sólo a matar a más. Para hacer triunfar un principio, lo que hay que abatir es un principio. La ciudad del sol con que soñaba Espartaco sólo habría podido elevarse sobre las ruinas de la Roma eterna, sus dioses y sus instituciones. El ejército de Espartaco marcha, en efecto, para sitiarla, hacia Roma aterrorizada por tener que pagar sus crímenes. Sin embargo, en ese momento decisivo, a la vista de las murallas sagradas, el ejército se inmnoviliza y refluye, como si retrocediera ante los principios, la institución, la ciudad de los dioses. Destruida ésta, ¿qué poner en su sitio, fuera de ese deseo salvaje de venganza, ese amor herido y vuelto furioso, que ha mantenido en pie hasta entonces a estos desdichados[3]?. En todos los casos, el ejército se retira, sin haber combatido, y decide entonces, por un curioso movimiento, regresar al punto de origen de las revueltas serviles, rehacer en sentido inverso el largo trayecto de sus victorias y volver a Sicilia. Como si esos desheredados, en adelante solos y desarmados ante este cielo al que asaltar, retornaran hacia lo más puro y lo más cálido de su historia, en la tierra de los primeros gritos donde morir era fácil y bueno.