El hombre rebelde
El hombre rebelde Entonces comienzan la derrota y el martirio. Antes de la última batalla, Espartaco manda crucificar a un ciudadano romano para informar a sus hombres de la suerte que los aguarda. Durante la lucha, mediante un movimiento rabioso en el que no puede no verse un símbolo, él mismo trata incesantemente de alcanzar a Craso, que manda las legiones romanas. Quiere perecer, pero en el combate de hombre a hombre con aquel que simboliza, en este instante, a todos los amos romanos; no le importa morir, pero en la más alta igualdad. No alcanzará a Craso: los principios combaten de lejos y el general romano se mantiene aparte. Espartaco morirá, como ha querido, pero bajo los golpes de los mercenarios, esclavos como él, y que matan su libertad con la suya. Por el único ciudadano crucificado, Craso ajusticiará a miles de esclavos. Las seis mil cruces que, después de tan justas revueltas, jalonarán la vía de Capua a Roma demostrarán a la multitud servil que no hay equivalencia en el mundo del poder y que los amos calculan con avaricia el precio de su propia sangre.