El hombre rebelde
El hombre rebelde La monarquía del Antiguo Régimen, si bien no era siempre arbitraria, ni mucho menos, en su modo de gobernar, lo era indiscutiblemente en su principio. Era de derecho divino, es decir sin recurso en cuanto a su legitimidad. Esta legitimidad fue, no obstante, discutida a menudo, en particular por los Parlamentos. Pero los que la ejercían la consideraban y la presentaban como un axioma. Luis XIV, como bien se sabe, era firme sobre este principio[6]. Lo ayudaba a ello Bossuet, que decía a los reyes: «Sois dioses». El rey, en uno de sus aspectos, es el delegado divino en los asuntos temporales, por tanto en la justicia. Es, como Dios mismo, el último recurso de los que sufren miseria e injusticia. El pueblo, contra los que lo oprimen, puede en principio recurrir al rey. «Si el rey supiera, si el zar supiera…», tal era, en efecto, el sentimiento a menudo expresado en los períodos de miseria de los pueblos francés y ruso. Es verdad que en Francia al menos, cuando lo supo, la monarquía trató varias veces de defender a las comunidades populares contra la opresión de los grandes y los burgueses. Pero ¿era esto justicia? No, desde el punto de vista absoluto, que era el de los escritores de la época. Si era posible recurrir ante el rey, no cabía recurrir contra él, en tanto que principio. El rey distribuye su ayuda y sus socorros si quiere, cuando quiere. La voluntad arbitraria es uno de los atributos de la gracia. La monarquía en su forma teocrática es un gobierno que quiere poner la gracia por encima de la justicia, dejándole siempre la última palabra. La profesión del vicario saboyano, por el contrario, no tiene más originalidad que someter a Dios a la justicia y abrir así, con la solemnidad un poco ingenua del tiempo, la historia contemporánea.