El hombre rebelde
El hombre rebelde En efecto, a partir del momento en que el pensamiento libertino duda de Dios, pone en primer término el problema de la justicia. Simplemente, la justicia de entonces se confunde con la igualdad. Dios se tambalea y la justicia, para afirmarse en la igualdad, debe asestarle el último golpe atacando directamente a su representante en la tierra. Ya es destruir el derecho divino el oponerle el derecho natural y obligarle a transigir con él durante tres años, de 1789 a 1792. La gracia no podría transigir, en último recurso. Puede ceder en algunos puntos, nunca en el último. Pero no basta con esto. Luis XVI encarcelado, según Michelet, aún quería ser rey. En algún lugar, en la Francia de los nuevos principios, se perpetuaba pues el principio vencido entre los muros de una prisión por la sola fuerza de la existencia y de la fe. La justicia tiene eso en común, y sólo eso, con la gracia: quiere ser total y reinar absolutamente. A partir del momento en que ambas entran en conflicto, luchan a muerte. «No queremos condenar al rey —dice Danton— que no tiene los buenos modales del jurista, queremos matarlo». En efecto, si se niega a Dios, hay que matar al rey. Saint-Just, al parecer, hace ejecutar a Luis XVI; pero cuando exclama: «Determinar el principio en virtud del cual quizá vaya a morir el acusado, es determinar el principio de que vive la sociedad que lo juzga», demuestra que son los filósofos los que van a matar al rey: el rey debe morir en nombre del contrato social[7]. Pero esto pide ser aclarado.