El hombre rebelde

El hombre rebelde

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El ataque contra el orden tradicional es tan evidente que, desde el primer capítulo, Rousseau se dedica a demostrar la anterioridad del pacto de los ciudadanos, que establece el pueblo, al pacto del pueblo y el rey, que funda la realeza. Hasta él, Dios hacía a los reyes, quienes, a su vez, hacían a los pueblos. A partir de El Contrato social los pueblos se hacen a sí mismos antes de hacer a los reyes. En cuanto a Dios, ya no se trata de él, provisionalmente. En el orden político, tenemos aquí el equivalente de la revolución de Newton. El poder ya no tiene su fuente en lo arbitrario, sino en el consenso general. Dicho de otro modo, ya no es lo que es, sino lo que debe ser. Afortunadamente, según Rousseau, lo que es no puede separarse de lo que debe ser. El pueblo es soberano «por la sola razón de que es siempre todo lo que debe ser». Ante esta petición de principio, se puede muy bien decir que la razón, invocada obstinadamente en aquella época, no resulta, con todo, bien tratada. Está claro que con El Contrato social asistimos al nacimiento de una mística, al ser postulada la voluntad general como Dios mismo. «Cada uno de nosotros —dice Rousseau— pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general y recibimos como cuerpo cada miembro, como parte indivisible del todo».



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