El hombre rebelde
El hombre rebelde Esta persona política, convertida en soberana, es definida también como persona divina. De la persona divina tiene, por lo demás, todos los atributos. Es infalible, en efecto, ya que el soberano no puede querer el abuso. «Bajo la ley de la razón, nada se hace sin causa». Es totalmente libre, si es verdad que la libertad absoluta es la libertad respecto a uno mismo. Rousseau declara así que es contrario a la naturaleza del cuerpo político el que el soberano se imponga una ley que no pueda infringir. Es también inajenable, indivisible y, por último, incluso tiende a resolver el gran problema teológico, la contradicción entre la omnipotencia y la inocencia divina. La voluntad general constriñe, en efecto; su poder no tiene límites. Pero el castigo que impondrá a quien se niegue a obedecerla no es más que una manera de «forzarlo a ser libre». La deificación está concluida cuando Rousseau, separando al soberano de sus orígenes mismos, llega a distinguir la voluntad general de la voluntad de todos. Esto puede deducirse lógicamente de las premisas de Rousseau. Si el hombre es naturalmente bueno, si la naturaleza en él se identifica con la razón[9], expresará la excelencia de la razón, con la única condición de que se exprese libre y naturalmente. No puede, pues, renunciar a su decisión, que se cierne ahora sobre él. La voluntad general es, primeramente, la expresión de la razón universal, que es categórica. Ha nacido el nuevo Dios.