El hombre rebelde

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Por esta razón las palabras que se repiten más a menudo en El Contrato social son los términos «absoluto», «sagrado», «inviolable». El cuerpo político así definido, cuya ley es mandamiento sagrado, no es más que un producto sustitutorio del cuerpo místico de la cristiandad temporal. El Contrato social se termina, por lo demás, con la descripción de una religión civil y hace de Rousseau un precursor de las sociedades contemporáneas, que excluyen no sólo la oposición, sino también la neutralidad. Rousseau, el primero, en efecto, en los tiempos modernos, instituye la profesión de fe civil. Justifica, el primero, la pena de muerte en una sociedad civil y la sumisión absoluta del súbdito a la realeza del soberano. «Es para no ser víctima de un asesino para lo que consiente uno en morir, si se vuelve asesino». Curiosa justificación, pero que establece firmemente que hay que saber morir si el soberano lo ordena y que, si es preciso, hay que darle la razón contra uno mismo. Esta noción mística justifica el silencio de Saint-Just desde su detención hasta el patíbulo. Convenientemente desarrollada, explicará, asimismo, el entusiasmo de los acusados de los procesos estalinistas.





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