El hombre rebelde

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Asistimos al nacimiento de una religión con sus mártires, sus ascetas y sus santos. Para juzgar correctamente la influencia adquirida por este evangelio hay que tener una idea del tono inspirado de las proclamas de 1789. Fauchet, ante los huesos exhumados en la Bastilla, exclama: «Ha llegado el día de la revelación… Los huesos se han levantado a la voz de la libertad francesa; declaran contra los siglos de opresión y muerte, profetizan la regeneración de la naturaleza humana y de la vida de las naciones». Vaticina entonces: «Hemos alcanzado el centro de los tiempos. Los tiranos están maduros». Es el momento de la fe maravillada y generosa, aquel en que un pueblo admirable derriba en Versalles el cadalso y la rueda[10]. Los cadalsos aparecen como los altares de la religión y la injusticia. La nueva fe no puede tolerarlos. Pero llega un momento en que la fe, si se hace dogmática, erige sus propios altares y exige la adoración incondicional. Entonces vuelven a aparecer los cadalsos y a pesar de los altares, la libertad, los juramentos y las fiestas de la Razón, las misas de la nueva fe habrán de celebrarse en la sangre. En todos los casos, para que 1789 marque el principio del reinado de «la humanidad santa[11]» y de «Nuestro Señor género humano[12]», es preciso que desaparezca antes el soberano derrocado. La ejecución del rey sacerdote sancionará la nueva edad, que dura aún.


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