El hombre rebelde

El hombre rebelde

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El famoso discurso de Saint-Just tiene así todos los aires de un estudio teológico. «Luis extranjero entre nosotros», he aquí la tesis del adolescente acusador. Si un contrato, natural o civil, pudiera relacionar aún al rey con su pueblo, existiría obligación mutua; la voluntad del pueblo no podría erigirse en juez absoluto para pronunciar el juicio absoluto. Se trata, pues, de demostrar que ningún lazo ata al pueblo y al rey. Para probar que el pueblo es en sí mismo la verdad eterna, hay que mostrar que la realeza es en sí misma crimen eterno. Saint-Just establece como axioma que todo rey es rebelde o usurpador. Es rebelde contra el pueblo al que usurpa la soberanía absoluta. La monarquía no es un rey, «es el crimen». No un crimen, sino el crimen, dice Saint-Just, o sea la profanación absoluta. Es el sentido preciso, y al mismo tiempo extremo, de la frase de Saint-Just, a cuyo significado se ha dado una extensión excesiva: «Nadie puede reinar inocentemente[13]». Todo rey es culpable y el simple hecho de que un hombre pretenda ser rey lo condena a muerte. Saint-Just dice exactamente lo mismo cuando demuestra a continuación que la soberanía del pueblo es «cosa sagrada». Los ciudadanos son entre ellos inviolables y sagrados y no pueden constreñirse si no es por la ley, expresión de su voluntad común. Luis, únicamente, no goza del beneficio de esta inviolabilidad particular ni del auxilio de la ley, pues se halla excluido del contrato. No forma parte de la voluntad general, blasfemando, al contrario, por su misma existencia, contra esta voluntad omnipotente. No es «ciudadano», única manera de participar de la joven divinidad. «¿Qué es un rey comparado con un francés?». Debe, pues, ser juzgado y asunto concluido.


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