El hombre rebelde
El hombre rebelde Pero ¿quién interpretará esta voluntad y pronunciará el juicio? La Asamblea, que posee, por sus orígenes, una delegación de esta voluntad y que participa, concilio inspirado, de la nueva divinidad. ¿Se hará después ratificar el juicio por el pueblo? Es sabido que el esfuerzo de los monárquicos en la Asamblea acabó tratando este punto. La vida del rey podía sustraerse así a la lógica de los juristas burgueses para ser confiada, al menos, a las pasiones espontáneas y a la compasión del pueblo. Pero Saint-Just, también aquí, lleva su lógica al extremo y se vale de la oposición inventada por Rousseau entre la voluntad general y la voluntad de todos. Aun cuando todos perdonasen, la voluntad general no puede hacerlo. El pueblo mismo no puede borrar el crimen de la tiranía. ¿La víctima, en derecho, no puede retirar su demanda? No hablamos de derecho, hablamos de teología. El crimen del rey es al mismo tiempo pecado contra el orden supremo. Un crimen se comete, luego se perdona, se castiga o se olvida. Pero el crimen de realeza es permanente, va unido a la persona del rey, a su existencia. El mismo Cristo, si bien puede perdonar a los culpables, no puede absolver a los falsos dioses. Deben desaparecer o vencer. El pueblo, si perdona hoy, encontrará mañana el crimen intacto, aunque el criminal duerma en la paz de las prisiones. No hay, pues, más que una salida: «Vengar el crimen del pueblo con la muerte del rey».