El hombre rebelde
El hombre rebelde Los revolucionarios pueden invocar el Evangelio. En realidad, asestan al cristianismo un golpe terrible del que aún no se ha recuperado. Parece realmente que la ejecución del rey, seguida, como es sabido, por escenas convulsivas de suicidios o de locura, se desarrolló enteramente en la conciencia de lo que se llevaba a cabo. Luis XVI, a veces, pareció dudar de su derecho divino, aunque rechazó sistemáticamente todos los proyectos de ley que atentaban contra su fe. Pero a partir del momento en que sospechó o conoció su suerte, pareció identificarse, lo prueba su lenguaje, con su misión divina, para que quedara bien claro que el atentado contra su persona apuntaba al rey Cristo, a la encarnación divina, y no a la carne horripilada del hombre. Su libro de cabecera, en el Temple, fue la Imitación. La dulzura, la perfección de aquel hombre, de sensibilidad, con todo, mediana, aportó a sus últimos momentos sus observaciones indiferentes sobre todo lo que es del mundo exterior y, para terminar, su breve desfallecimiento en el patíbulo solitario, en aquel terrible tambor que ahogaba su voz, tan lejos de aquel pueblo del que esperaba hacerse escuchar, todo eso permite imaginar que no es Capeto quien muere, sino Luis de derecho divino, y con él, en cierto modo, la cristiandad temporal. Para afirmar aún más este lazo sagrado, su confesor lo sostuvo durante su desmayo recordándole su «semejanza» con el dios de dolor. Y Luis XVI se recuperó y, repitiendo las palabras de aquel dios, dijo: «Beberé —dijo— el cáliz hasta las heces». Luego se entregó, temblando, a las manos innobles del verdugo.