El hombre rebelde

El hombre rebelde

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El año 1789 no afirma aún la divinidad del hombre, sino la del pueblo, en la medida en que su voluntad coincide con la de la naturaleza y la razón. Si la voluntad general se expresa libremente, no puede ser más que la expresión universal de la razón. Si el pueblo es libre, es infalible. Muerto el rey, desatadas las cadenas del viejo despotismo, el pueblo va a poder expresar, pues, lo que, desde todos los tiempos y en todos los lugares, es, ha sido y será la verdad. Es el oráculo al que hay que consultar para saber lo que exige el orden eterno del mundo, Vox populi, vox naturae. Rigen nuestra conducta principios eternos: la Verdad, la Justicia, la Razón en fin. Ahí está el nuevo dios. El Ser supremo al que vienen a adorar cohortes de jóvenes doncellas celebrando la Razón no es sino el antiguo dios, desencarnado, separado bruscamente de toda relación con la tierra y despedido, como un globo, al cielo vacío de los grandes principios. Privado de sus representantes, de todo intercesor, el dios de los filósofos y los abogados no tiene más que el valor de una demostración. Es muy débil, en verdad, y se comprende que Rousseau, que predicaba la tolerancia, creyera, sin embargo, que había que condenar a muerte a los ateos. Para adorar por mucho tiempo un teorema, no basta con la fe, se necesita además una policía. Pero esto no debía venir hasta más adelante. En 1793, la nueva fe está aún intacta y bastará, si se cree a Saint-Just, con gobernar según la razón. El arte de gobernar, a su entender, sólo ha producido monstruos porque, hasta él, no se ha querido gobernar según la naturaleza. El tiempo de los monstruos se ha terminado con el de la violencia. «El corazón humano va de la naturaleza a la violencia, de la violencia a la moral». La moral no es, pues, más que una naturaleza al fin recobrada tras siglos de alienación. Que se den solamente al hombre leyes «según la naturaleza y su corazón», cesará de ser desdichado y corrompido. El sufragio universal, fundamento de las nuevas leyes, debe traer necesariamente una moral universal. «Nuestro objetivo estriba en crear un orden de cosas tal que se establezca una pendiente universal hacia el bien».


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