El hombre rebelde
El hombre rebelde La religión de la razón establece muy naturalmente la república de las leyes. La voluntad general se expresa en leyes codificadas por sus representantes. «El pueblo hace la revolución, el legislador hace la república». Las instituciones «inmortales, impasibles y al amparo de la temeridad de los hombres» regirán, a su vez, la vida de todos en un acuerdo universal y sin contradicción posible, ya que todos, obedeciendo a las leyes, no obedecen sino a sí mismos. «Fuera de las leyes —dice Saint-Just— todo es estéril y está muerto». Es la república romana, formal y legalista. Sabida es la pasión de Saint-Just y de sus contemporáneos por la antigüedad romana. El joven decadente que, en Reims, se pasaba horas con los postigos cerrados, en un cuarto con colgaduras negras, adornadas con lágrimas blancas, soñaba con la república espartana. El autor de Organt, largo y licencioso poema, experimentaba tanto más la necesidad de frugalidad y virtud. En sus instituciones, Saint-Just negaba la carne al niño hasta la edad de dieciséis años, y soñaba con una nación vegetariana y revolucionaria. «El mundo está vacío desde los romanos», exclamaba. Pero se anunciaban tiempos heroicos; Catón, Bruto, Mucio Escévola volvían a ser posibles. De nuevo florecía la retórica de los moralistas latinos. «Vicio, virtud, corrupción», estos términos se repiten constantemente en la retórica de la época y, más todavía, en los discursos de Saint-Just que recargaban sin cesar. La razón era simple. Aquel bello edificio, Montesquieu lo había visto, no podía prescindir de la virtud. La Revolución francesa, pretendiendo construir la historia en un principio de pureza absoluta, abre los tiempos modernos al mismo tiempo que la era de la moral formal.