El hombre rebelde

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¿Qué es, en efecto, la virtud? Para el filósofo burgués de entonces es la conformidad con la naturaleza[16] y, en política, la conformidad con la ley que expresa la voluntad general. «La moral —dice Saint-Just— es más fuerte que los tiranos». Acaba, en efecto, de matar a Luis XVI. Cualquier desobediencia a la ley no procede, pues, de una imperfección, supuestamente imposible, de dicha ley, sino de una falta de virtud en el ciudadano refractario. Por eso, la república no es sólo un senado, como dice vigorosamente Saint-Just, es la virtud. Cada corrupción moral es al mismo tiempo una corrupción política, y viceversa. Salido de la doctrina misma, se instala entonces un principio de represión infinita. Saint-Just era sin duda sincero en su deseo de idilio universal. Soñó realmente con una república de ascetas, con una humanidad reconciliada y entregada a los castos juegos de la inocencia primigenia, bajo la guardia de aquellos sabios ancianos que condecoraba anticipadamente con una banda tricolor y un penacho blanco. Sabido es también que, desde el principio de la Revolución, Saint-Just se pronunciaba, al mismo tiempo que Robespierre, contra la pena de muerte. Pedía tan sólo que los criminales fueran vestidos de negro durante toda su vida. Quería una justicia que no tratase de «hallar culpable al acusado, sino débil», y esto es admirable. Soñaba también con una república del perdón que reconociera que si el árbol del crimen era duro, su raíz era tierna. Uno de sus gritos viene del corazón y no se deja olvidar: «Es horrible atormentar al pueblo». Sí, esto es horrible. Pero un corazón puede sentirlo y someterse, no obstante, a principios que suponen, para terminar, el tormento del pueblo.


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