El hombre rebelde

El hombre rebelde

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La moral, cuando es formal, devora. Para parafrasear a Saint-Just, nadie es virtuoso inocentemente. A partir del momento en que las leyes no hacen reinar la concordia, en que se disloca la unidad que debían crear los principios, ¿quién es culpable? Las facciones. ¿Quiénes son los facciosos? Los que, por su actividad, niegan hasta la unidad necesaria. La facción divide al soberano. Es, pues, blasfema y criminal. Hay que combatir contra ella, y sólo contra ella. Pero ¿si hay muchas facciones? Todas serán combatidas, sin remisión. Saint-Just exclama: «O las virtudes o el Terror». Hay que endurecer la libertad y el proyecto de constitución en la Convención menciona entonces la pena de muerte. La virtud absoluta es imposible, la república del perdón trae por una lógica implacable la república de las guillotinas. Montesquieu ya había denunciado esta lógica como una de las causas de la decadencia de las sociedades, diciendo que el abuso de poder es mayor cuando no lo prevén las leyes. La ley pura de Saint-Just no había tenido en cuenta la verdad, vieja como la historia misma, según la cual la ley, en su esencia, está destinada a ser violada.





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