El hombre rebelde
El hombre rebelde Hegel, en efecto, no pudo impedir a quienes lo leyeron con una angustia que no era metódica, en una Europa desgarrada ya por la injusticia, encontrarse arrojados a un mundo sin inocencia y sin principios, en aquel mundo, precisamente, del que Hegel dijo que era en sí mismo un pecado, puesto que estaba separado del Espíritu. Hegel perdona, sin duda, los pecados al final de la historia. Hasta entonces, sin embargo, toda operación humana será culpable. «Por lo tanto sólo es inocente la ausencia de operación, el ser de una piedra y ni siquiera el de un niño». La inocencia de las piedras nos es, pues, ajena. Sin inocencia, ninguna relación, nada de razón. Sin razón, la fuerza desnuda, el amo y el esclavo, a la espera de que la razón reine un día. Entre el amo y el esclavo, el sufrimiento es solitario, la alegría sin raíces, ambos inmerecidos. ¿Cómo vivir entonces, cómo soportar, cuando la amistad es para el fin de los tiempos? La única salida es crear la regla, con las armas en la mano. «Matar o someter», los que han leído a Hegel con su sola y terrible pasión no han retenido realmente más que el primer término del dilema. De él han extraído una filosofía del desprecio y la desesperación, juzgándose esclavos y sólo esclavos, atados por la muerte al Amo absoluto, a los amos terrestres por el látigo. Esta filosofía de la mala conciencia les ha enseñado tan sólo que todo esclavo lo es únicamente por el consentimiento, y no se libera más que por un rechazo que coincide con la muerte. Respondiendo al reto, los más orgullosos se han identificado enteramente a este rechazo y se han condenado a la muerte. Al fin y al cabo, decir que la negación era en sí misma un acto positivo justificaba de antemano toda clase de negaciones y anunciaba el grito de Bakunin y Necháiev: «Nuestra misión es destruir, no construir». El nihilista, para Hegel, era únicamente el escéptico que no tenía más salida que la contradicción o el suicidio filosófico. Pero daba, él mismo, nacimiento a otra especie de nihilistas que, haciendo del tedio un principio de acción, identificarán su suicidio con el crimen filosófico[26]. Aquí nacen los terroristas que han decidido que había que matar y morir para ser, puesto que el hombre y la historia sólo pueden crearse por el sacrificio y el crimen. Esta gran idea de que todo idealismo es hueco, si no se paga arriesgando la vida, había de llevarse al extremo por jóvenes que no la enseñaban desde lo alto de una cátedra universitaria antes de morir en su cama, sino a través del tumulto de las bombas, hasta bajo las horcas. Con esto, y con sus propios errores, corregían a su maestro y mostraban contra él que, al menos, había una aristocracia superior a la repugnante aristocracia del éxito exaltada por Hegel: la del sacrificio.