El hombre rebelde
El hombre rebelde Otra especie de herederos, que leerá a Hegel más seriamente, elegirá el segundo término del dilema y pronunciará que el esclavo sólo se libera esclavizando a su vez. Las doctrinas posthegelianas, olvidando el aspecto mÃstico de ciertas tendencias del maestro, condujeron a dichos herederos al ateÃsmo absoluto y al materialismo cientÃfico. Pero esta evolución no puede imaginarse sin la desaparición absoluta de todo principio de explicación trascendente, y sin la ruina completa del ideal jacobino. Inmanencia sin duda no es ateÃsmo. Pero la inmanencia en movimiento es, si cabe decir, ateÃsmo provisional[27]. La vaga figura de Dios que, en Hegel, se refleja aún en el espÃritu del mundo no será difÃcil de borrar. De la fórmula ambigua de Hegel «Dios sin el hombre no es sino el hombre sin Dios», sus sucesores sacarán consecuencias decisivas. David Strauss en su Vida de Jesús aÃsla la teorÃa de Cristo considerado como Dios hombre. Bruno Bauer (CrÃtica de la historia evangelista) funda una especie de cristianismo materialista insistiendo en la humanidad de Cristo. Por último, Feuerbach (al que Marx consideraba como una mente preclara y del que se reconocerá discÃpulo crÃtico), en La esencia del cristianismo, sustituirá toda teologÃa por una religión del hombre y de la especie, que convirtió a gran parte de la intelectualidad contemporánea. Su tarea consistirá en mostrar que la distinción entre lo humano y lo divino es ilusoria, que no es más que la distinción entre la esencia de la humanidad, o sea la naturaleza humana, y el individuo. «El misterio de Dios no es más que el misterio del amor del hombre a sà mismo». Resuenan entonces los acentos de una nueva y extraña profecÃa: «La individualidad ha ocupado el lugar de la fe, la razón el de la Biblia, la polÃtica el de la religión y de la Iglesia, la tierra el del cielo, el trabajo el de la oración, la miseria el del infierno, el hombre el de Cristo». Ya no hay, pues, más que un infierno y es de este mundo: es contra él contra lo que hay que luchar. La polÃtica es religión, el cristianismo trascendente, el del más allá, fortalece a los amos de la tierra por la renuncia del esclavo y suscita un amo más en el fondo de los cielos. Por eso, el ateÃsmo y el espÃritu revolucionario no son más que las dos caras de un mismo movimiento de liberación. Tal es la respuesta a la pregunta hecha siempre: ¿por qué el movimiento revolucionario se ha identificado con el materialismo antes que con el idealismo? Porque avasallar a Dios, hacerlo servir, equivale a matar la trascendencia que mantiene a los antiguos amos y a preparar, con la ascensión de los nuevos, los tiempos del hombre rey. Cuando haya muerto la miseria, cuando se hayan solucionado las contradicciones históricas, «el verdadero dios, el dios humano será el Estado». El homo homini lupus se transforma entonces en homo homini deus. Este pensamiento se halla en la base del mundo contemporáneo. Se asiste, con Feuerbach, al nacimiento de un terrible optimismo que aún vemos obrar hoy dÃa, y que parece hallarse en las antÃpodas de la desesperación nihilista. Pero sólo es una apariencia. Hay que conocer las últimas conclusiones de Feuerbach en su TeogonÃa para percibir la fuente profundamente nihilista de aquellos pensamientos ardientes. Contra el mismo Hegel afirmará Feuerbach, en efecto, que el hombre no es más que lo que come y resumirá asà su pensamiento y el porvenir: «La verdadera filosofÃa es la negación de la filosofÃa. Ninguna religión es mi religión. Ninguna filosofÃa es mi filosofÃa».