El hombre rebelde
El hombre rebelde Pero nada puede desalentar el apetito de divinidad en el corazón del hombre. Vinieron, y vienen aún, otros que, olvidando Waterloo, pretendían todavía terminar la historia. La divinidad del hombre sigue aún en marcha y no será adorable hasta el final de los tiempos. Hay que servir a este apocalipsis y, a falta de Dios, construir al menos la Iglesia. A fin de cuentas, la historia, que no se ha detenido aún, deja entrever una perspectiva que podría ser la del sistema hegeliano; pero por la simple razón de que es provisionalmente arrastrada, si no conducida, por los hijos espirituales de Hegel. Cuando el cólera se lleva en plena gloria al filósofo de la batalla de Jena, todo está en orden, en efecto, para lo que va a seguir. El cielo está vacío, la tierra entregada al poder sin principios. Los que han optado por matar y los que han optado por someter van a ocupar sucesivamente el lugar más preponderante, en nombre de una revuelta desviada de su veracidad.