El hombre rebelde

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A partir de eso, extraña no encontrar a nuestros nihilistas dedicados a forjarse una fortuna o un rango, a gozar cínicamente de cuanto se presente. A decir verdad, no faltan nihilistas en los buenos puestos de toda sociedad. Pero no elaboran la teoría de su cinismo, y prefieren, en toda ocasión, rendir, visiblemente, un homenaje, sin consecuencias, a la virtud. En cuanto a aquellos de quienes se trata, se contradecían en el reto que lanzaban a la sociedad y que, en sí mismo, era la afirmación de un valor. Se decían materialistas, su libro de cabecera era Fuerza y materia de Buchner. Pero uno de ellos confesaba: «Cada uno de nosotros está pronto a ir a la horca y a dar su cabeza por Moleschott y Darwin», poniendo así la doctrina mucho más arriba que la materia. La doctrina, en este grado, tenía un aire de religión y de fanatismo. Para Pisarev, Lamarck era un traidor porque Darwin tenía razón. Cualquiera a quien en este medio se le ocurriera hablar de inmortalidad del alma era excolmulgado. Wladimir Weidlé tiene, pues, razón cuando define el nihilismo como un oscurantismo racionalista[33]. La razón en ellos se anexionaba curiosamente los prejuicios de la fe; no era la menor contradicción de aquellos individualistas optar, como tipo de razón, por el cientificismo más vulgar. Lo negaban todo, salvo los valores más discutibles, los de monsieur Homais.



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