El hombre rebelde
El hombre rebelde Sin embargo, fue optando por hacer un artículo de fe de la razón más corta como los nihilistas darían un modelo a sus sucesores. No creían en nada más que en la razón y el interés. Pero en vez del escepticismo eligieron el apostolado y se hicieron socialistas. En esto estriba su contradicción. Como todas las mentes adolescentes, experimentaban a un tiempo la duda y la necesidad de creer. Su solución personal consistió en dar a su negación la intransigencia y la pasión de la fe. ¿Qué había en ello de extraño, en resumidas cuentas? Weidlé cita la frase desdeñosa del filósofo Soloviev que denuncia esta contradicción: «El hombre desciende de un mono; luego, amémonos los unos a los otros». Con todo, la verdad de Pisarev está en ese desgarramiento. Si el hombre es el reflejo de Dios, no importa, entonces, que esté privado del amor humano; día vendrá en que será saciado. Pero, si es criatura ciega, errando por las tinieblas de una condición cruel y limitada, necesita a sus semejantes y su amor perecedero. ¿Dónde puede refugiarse la caridad, al fin y al cabo, sino en el mundo sin Dios? En el otro, la gracia provee a todo, incluso para los que están provistos. Los que lo niegan todo comprenden al menos una cosa: que la negación es una miseria. Pueden entonces abrirse a la miseria ajena y negarse por fin a sí mismos. Pisarev no retrocedía, en pensamiento, ante el asesinato de una madre y no obstante encontró acentos justos para hablar. Quería gozar egoístamente de la vida, pero sufrió la prisión y luego se volvió loco. Tanto cinismo desplegado lo llevó, finalmente, a conocer el amor, a verse desterrado de él y a sufrir por ello hasta el suicidio, encontrando así, en vez del individuo rey que anhelaba forjar, al hombre viejo miserable y enfermo cuya grandeza es la única que ilumina su historia.