El hombre rebelde
El hombre rebelde Apenas salió Bakunin de la adolescencia cuando quedó trastornado, desarraigado por la filosofía hegeliana, como por una sacudida prodigiosa. Se sumió en ella noche y día «hasta la locura», dijo. «No veía otra cosa que las categorías de Hegel». Cuando salió de aquella iniciación, fue con la exaltación de los neófitos. «Mi yo personal murió para siempre, mi vida es la vida verdadera. Se identifica, en cierto modo, con la vida absoluta». Necesitó poco tiempo para percatarse de los peligros de aquella confortable posición. Quien ha entendido la realidad no se insurrecciona contra ella, por el contrario, se alegra; Bakunin se volvió conformista. Nada en él lo predestinaba a aquella filosofía de perro guardián. Es posible también que su viaje a Alemania, y la mala opinión que se formó de los alemanes, lo hubieran preparado mal para admitir, con el viejo Hegel, que el Estado prusiano fuese el depositario privilegiado de los fines del Espíritu. Más ruso que el propio zar, pese a sus sueños universales, no podía, en todo caso, asentir a la apología de Prusia cuando estaba basada en una lógica lo bastante tajante para afirmar: «La voluntad de los otros pueblos carece de derecho, pues es el pueblo que representa esta voluntad (del Espíritu) el que domina el mundo». En los años cuarenta, por otra parte, Bakunin descubría el socialismo y el anarquismo francés, de los que transmitió algunas tendencias. En cualquier caso, Bakunin rechazó con virulencia la ideología alemana. Había ido al absoluto, igual que iría a la destrucción total, con el mismo movimiento apasionado, con la rabia del «Todo o Nada», que vuelve a encontrarse en él en su estado puro.