El hombre rebelde

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Después de haber alabado la Unidad absoluta, Bakunin se lanzó al maniqueísmo más elemental. Quiso, sin duda, y para acabar, «la Iglesia universal y auténticamente democrática de la libertad». Ahí estaba su religión; era de su siglo. Con todo, no es seguro que su fe en este sentido hubiera sido entera. En su Confesión a Nicolás I, su acento parece sincero cuando dice que nunca había podido creer en la revolución final «sino mediante un esfuerzo sobrenatural y doloroso, acallando por la fuerza la voz interior que me susurraba lo absurdo de mis esperanzas». Su inmoralismo teórico era mucho más firme, por el contrario, y constantemente se le veía sacudirse con la satisfacción y el júbilo de un animal fogoso. La historia está regida por dos únicos principios, el Estado y la revolución social, la revolución y la contrarrevolución, que no se trata de conciliar, sino que están empeñados en una lucha a muerte. El Estado es el crimen. «El Estado más pequeño y más inofensivo es también criminal en sus sueños». La revolución es, pues, el bien. Esta lucha, que rebasa la política, es también la lucha de los principios luciferinos contra el principio divino. Bakunin reintroduce explícitamente en la acción rebelde uno de los temas de la revuelta romántica. Proudhon decretaba ya que Dios es el Mal y exclamaba: «¡Ven Satán, calumnia de pequeños y de reyes!». Bakunin deja entrever inmediatamente la profundidad de una revuelta aparentemente política. «El Mal es la revuelta satánica contra la autoridad divina, revuelta en la que nosotros vemos al contrario el germen fecundo de todas las emancipaciones humanas. Como los Fraticelli de Bohemia en el siglo XIV (?), los socialistas revolucionarios se reconocen hoy día por la frase: “En el nombre de aquel a quien se ha causado un gran perjuicio”».


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