El hombre rebelde
El hombre rebelde La lucha contra la creación será, pues, sin cuartel y sin moral; la única salvación está en el exterminio. «La pasión de la destrucción es una pasión creadora». Las páginas ardientes de Bakunin sobre la revolución del 48 gritan apasionadamente ese gozo de destruir[35]. «Fiesta sin principio ni fin», dice. En efecto, para él como para todos los oprimidos, la revolución es la fiesta en el sentido sagrado de la palabra. Se piensa aquí en el anarquista francés Coeurderoy[36], que en su libro Hurrah, ou la révolution par les cosaques convocaba a las hordas del Norte a arrasarlo todo. Aquél también quería «llevar la antorcha a la casa del padre» y exclamaba que sólo tenía esperanza en el diluvio humano y en el caos. La rebeldía se aprehende a través de tales manifestaciones en el estado puro, en su verdad biológica. Por eso, Bakunin fue el único en su tiempo en criticar el gobierno de los sabios con una profundidad excepcional. Contra toda abstracción, abogó en favor del hombre entero, identificado enteramente con su rebeldía. Si glorificó al brigante, caudillo de amotinados campesinos, si sus modelos preferidos fueron Stenka Razin y Pugachev, fue porque dichos hombres combatieron, sin doctrina y sin principios, por un ideal de libertad pura. Bakunin introdujo en el seno de la revolución el principio nulo de la revuelta. «La tempestad y la vida, he ahí lo que necesitamos. Un mundo nuevo sin leyes, y por lo tanto libre».